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sábado, 10 de noviembre de 2012

quiero escribirlo. no quiero leerlo

-No tengo ganas de nada hoy. Lo único que realmente quisiera hacer es escribir- le dije, poniendo fin a la conversación en la que analizábamos el por qué de mi malhumor en esta mañana.
-No creo que quieras escribir. Cuando quieres, sólo tienes que dejar correr esos dedos. Hoy, no te veo en eso- respondió con la autoridad que le han conferido estos meses en que se ha vuelto mi hermana.

Era cierto que había amarrado mis dedos. El freno lo ponía una cabeza consciente de que era mala idea llevar al teclado tanta mala vibra. El problema esta vez no era la falta de musa; era, más bien, el desagrado que me provocaba la musa que había venido a visitarme. Su vestido gris me parecía de muy mal gusto para un sábado que se mostraba radiante...Al menos, para quienes disfrutaban del sol y la playa afuera.

Infelizmente para los bañistas, las nubes llegaron puntuales a la hora de almuerzo. -Hambrientas?- sonreí con ironía hacia la ventana. Era como si el día hubiese cambiado de idea, adoptando el mismo color de mi triste inspiración y dándome autorización para liberar todo aquello que me pesaba en el pecho: el cúmulo de pendientes sobre el escritorio, el amargo por la cancelación de un bueno compañero, la incertidumbre por lo que traería el futuro inmediato, la certeza de lo que aún duele del pasado...

En fin, todas esas cosas que siempre han sido y que suelo burlar con buen humor habían decidido amotinarse en contra de mi implacable felicidad de las últimas semanas. Mira como se ha puesto de moda esto de las manifestaciones multitudinarias!

En respuesta a su berrinche, voy a jugarles algo de psicología inversa. En vez de seguir pretendiendo que no existen, decido darles la bienvenida. Aceptar que, en este instante, estoy llena de melancolía, asustada, triste, agobiada. Aunque me duela admitirlo, aunque sé que es pasajero. "Llorar, llorar. También es bueno llorar" dice Piero.

martes, 17 de mayo de 2011

tanto

Hoy, tengo tanto que contarte. 
Me gustaría saber tu nombre, reconocer tu rostro, poder llamarte.

La carretera avanza y mi mente vuela...
Muero por hablarte de la canción que suena, del color de la noche, del frío que hace.

Miento pensando que me esperas en casa. 
Invento que ya te conozco y decido hablarte. Se pierden mis dedos al recorrer el directorio. 
Buscan un teléfono que todavía no grabo...Me lo das y lo apunto?

Hoy, tengo tanto que contarte, hoy, que hace frío y el silencio susurra esta historia de quien pasa la vida al lado de nadie.

lunes, 4 de octubre de 2010

entrevista

Qué pasa con los días de lluvia?
pues, que me entristecen.
qué tal las tardes de domingo?
lo mismo, me entristecen.
y cuando el calendario anuncia Octubre
y  la brisa suena a otoño?
me agobia el olor a pena...

Cómo se enfrenta entonces a una tarde de lluvia
de un domingo de octubre?
ja! juro que me gastan una broma
y me burlo de mi mismo.
luego medito...y si estoy siendo muy duro?
tal vez, la vida misma llora a cántaros conmigo

jueves, 20 de mayo de 2010

cuento de los días de lluvia

Las tardes de lluvia no viajan solas. Se hacen acompañar de esa señora gorda y metiche llamada melancolía.

Para deleitar a menudas visitantes, rebusco canciones tristonas que canto a todo pulmón. Para ellas, desempolvo lo más corta-venas de Calamaro, Bunbury, Vicentico...alguna de Manolo Tena. En fin, sobredosis de guitarra.

Parece gustarles el banquete que con esmero he preparado. La melancolía se pasea oronda, a sabiendas de que menuda selección es, sin duda, en su honor...se contonea orgullosa cual cubana que baila al compás de un guaguancó en alguna fiesta fuera de la isla; la tarde se rie a carcajadas a través de miles de gotas. Llueve a cántaros.

Entonces el aguacero apaga mi voz. La descarga de sentimientos y recuerdos reavivados me dejan el espíritu agotado. Es tiempo de despedirnos. "Suficiente por hoy", diría un amigo.

Las acompaño a la puerta. La tarde me mira apenada por el desorden provocado a su paso. "Perdona por el mojadero en la casa y en el alma" dice. Al besarnos, susurra en mi oído, "Sube ese ánimo! mira que, tras mi paso, suele aparecerse el sol". Sonreímos en complicidad.

La melancolía camina de prisa, altanera y ofendida al haber notado mi desesperación por que se marcharan. No se ha despedido. Descanso recostada en la puerta, aliviada de su aparente partida. Fuerte suspiro.

A lo lejos, justo antes de perderles de vista, la más regordeta se voltea y me da un guiño que entiendo a la primera: la siempre cumplida promesa de su regreso.

Le devuelvo el gesto. A pesar de la resaca que dejan a su paso, debo admitir que las extraño de vez en cuando.