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domingo, 21 de diciembre de 2014

la sagrada familia

No estoy hablando de pasajes bíblicos, de Miguel Ángel ni de Gaudí. Me refiero, más bien, al estatus de No Enjuiciable al que todos quisiéramos llevar a nuestras familias, como muestra de aceptación incondicional (el amor acepta todo con paciencia; siempre confía; nunca pierde la esperanza; todo lo soporta. 1era de Corintios 13:7).

La pena es que bajo este escudo de que estamos siendo amorosos, muchas veces, dañamos a nuestros seres queridos: Nos hacemos de la vista gorda ante problemas que deben ser enfrentados; justificamos las faltas con la excusas de "yo que le conozco desde siempre, sé que todo esto es efecto de todo lo que le ha pasado"; preferimos no ventilar las tragedias que vivimos en casa por aquello de que "no ayuda en nada dar de qué hablar a los demás"; y por último, la mejor de todas: "prefiero no decirle nada porque se va a sentir mal".

Las consecuencias de esta ceguera amorosa son, además de negativas, avalanchas que, tarde o temprano, nos caen encima como bolas de nieve. El amor genuino debe tener la potestad de decir la verdad, aunque duela, aunque no sea lo que queremos escuchar. Si la estabilidad de nuestras relaciones de familia está basada en tapar el sol con un dedo, entonces, no tenemos más que el que tiene una novia en Nueva York, un computador sin Internet o una cuenta sin fondos.

El verdadero amor familiar debe hacernos capaces de decir y de escuchar todo lo necesario para edificarnos y hacernos mejores personas. Todo miembro de un círculo unido por la certeza del amor compartido, debería tener la convicción de que sus seres queridos harán todo lo que esté a su alcance, incluso si duele, para ayudarle a estar mejor.

El mismo amor debe también proteger a quién decide dar la cara a las tribulaciones sin que esto signifique que quedará tildado de agresor.

Siento que, dolorosamente, hemos caído en el error de sobreproteger a los nuestros bajo la excusa de que los amamos. No conozco antónimo más acertado para amor incondicional que el hecho de que admitamos que abrir los ojos ante las realidades que nos rodean sería atentar en contra de relaciones totalmente dependientes de que digamos o no estrictamente, lo que el otro quiere escuchar.

Tanta fragilidad en lo que debe ser inquebrantable me parece contradictorio. Peor aún, preferimos la cobardía de permitir que la patología se expanda con tal de no "revoltear el panal"

Es mi deseo sincero que, esta Navidad, podamos mirar alrededor de la mesa y encontrar miradas llenas de amor no condicionado a lo duro que puedan pegarnos las tormentas; que nos amarremos a lazos familiares que todo lo soporten, incluyendo lo tradicionalmente insoportable; que podamos disentir y aún así, apoyarnos; que la perfección de nuestras relaciones no esté basada en no ensuciarnos el vestido, sino en nuestra capacidad de unir los brazos y estregar bien duro hasta que salgan las manchas que tengamos que sacar.

Felices Fiestas!

domingo, 5 de septiembre de 2010

retorno


Ya no tendrá tiempo de prepararme la taza de té. Estará ajetreada, inmersa en sus propios afanes. Volveremos a los días en que dos baños no son suficientes; "te falta mucho? date que estoy tarde". Mientras decido qué camisa ponerme, dejo la puerta entreabierta para disfrutar de verla maquillarse, motivada, contenta, emocionada. Escoge un par de aretes, se los quita indecisa. Los cambia por otros que parecen complacerla. "Mami, te ves bien, ya vete que te va a agarrar el tapón!"

Qué fastidio con el té! [eso son como 5 minutos menos de vueltas en la cama]. Ya me veo arrugando la cara esos días que me coja el sueño y necesite que me planche un pantalón "juyendo". Ya oigo mis "chuipis" cuando amanezca con hambre "Mami, un chin de avena!"; como respuesta el silencio del pasillo porque ella ya se habrá ido. 

Bendito sea el fastidio de las ñoñerías que voy a perderme a partir de este momento. Entrego mi comodidad completa por verla retornar a su coquetería; que me despierte su perfume y no el olor de mi infusión de jengibre; oír su taconeo en lugar del arrastrar de sus chancletas. 

Mami tiene trabajo después de 5 años en casa. Redescubro en sus ojos la dignidad que había quedado colgada en algún closet junto a sus chaquetas. Bienvenida de vuelta! ya te extrañaba.