Si, meses atrás, me hubiese tocado describir un sábado por la noche, me habría referido a los interminables recorridos por la ciudad, al sandwich de pierna a las 5 de la mañana, al reguero de llamadas redundantes "qué hay pa hoy?", seguido del "no dejes de pasar por aquí" y el absurdo compromiso de la última parada aunque me tumbara el sueño [fulanito cumple años y te mata si no llegas].
Ahora es sábado por la noche y la historia ha cambiado "algo". Mi cuerpo se acomoda en la pijama y no parece extrañar estar encaramado en los stilettos que me hinchaban los pies. Esta noche, la música de fondo no es la que decide el DJ de la cabina. En este bar, da igual si Duncan Dhu es cosa de los 80; es lo que quiero escuchar y me importa muy poco que ya no esté de moda. Con el paso del tiempo, voy aprendiendo a bailar cuando quiero, no cuando lo dicta el calendario. Hago de mi agenda el día que me place, disfrazando de fin de semana un jueves cualquiera y tachando de mis pendientes las salidas por compromiso, lo obligatorio, lo que se estila.
Me divierto con lo contradictorio que resulta para algunos encontrarme en casa a esta hora. Reclaman que me he tornado "una aburria". "Te estás poniendo vieja, qué tú haces conectada?", "estás enferma?"...tal vez lo estoy, pero lo disfruto espléndidamente y no quiero sanarme de mi fiebre de sábado por la noche.