lunes, 31 de mayo de 2010

a propósito del 30 de Mayo

El pasado domingo aparecía "apretujado" en el calendario, por lo menos en el de los dominicanos. La celebración del día de las madres coincidía, al igual que algún otro año, con el aniversario del ajusticiamiento de Rafael L. Trujillo, tirano que coartó la libertad de los dominicanos por 30 años.

Recuerdo que en el colegio nos hablaban de las múltiples atrocidades cometidas contra hombres y mujeres durante el régimen, destacando el asesinato de las tres hermanas Mirabal. Desde ese entonces creció mi admiración por las heroínas locales. Gracias a Patria, Minerva y María Teresa no tuve que asaltar las páginas de los libros de historia de otros países en búsqueda de modelos a seguir. Eran mujeres y eran nuestras. 

Despertó mi deseo de conocerlas, lloré leyendo En el Tiempo de las Mariposas, y volví a llorarlas en el teatro con Yo soy Minerva. Justo el pasado viernes, leía la última página de Vivas en su Jardín, la vida de mis heroínas contada por Bélgica Mirabal (Dedé), la hermana que "quedó viva para contarnos la historia", para inmortalizar a sus mariposas a través de un relato caracterizado por el amor a la libertad y el más puro amor de madre. Al desmenuzar todo lo escrito sobre "las muchachas", fui además, tomando conciencia del heroísmo silente de esa hermana que ha sobrevivido a la tortura del luto, que salta imponente sobre el vacío causado por la pérdida como cuando cabalgaba esbelta frente al cuartel de los calieses

Tal vez por lo reciente de mi lectura, me sentía doblemente contenta este domingo y me parecía tan hermosa esa "simple" casualidad de la fecha. Si la coincidencia de ambas conmemoraciones tuviese rostro, se parecería a Dedé. Ella, a quién le fue arrebatada la alegría en nombre de la libertad y en cuyas manos quedaron seis angelitos a quienes se dio por entera. Sumergirme en su relato fue transportarme a Ojo de Agua y hacerme una idea de lo grande de su dolor; Más aún, sentir la fuerza y el valor que tuvo que sacar de adentro para seguir adelante y criar sin reproches a sus nueve crías, entre hijos y sobrinos, y ser el apoyo de su propia madre a quien los golpes de la vida le debilitaron el alma y el cuerpo.

¿Cómo alcanza un corazón dar frente a la tragedia y caminar sin rencor? Lo logra porque es corazón de madre...Corazón que vela, que protege, que perdona...Corazón que ama, corazón que entrega. Corazón que vuela con las alas de sus tres mariposas.

No tengo el placer de conocer a Doña Dedé. He postergado mi visita a la casa-museo tantas veces. Ahora es uno de mis pendientes más urgentes. Espero poder abrazarla alguna vez y decirle lo orgullosa que me siento de las cuatro hijas de doña Chea. Como fruto de este pueblo que tanto les debe, quiero honrarlas, por ser sus vidas homenajes palpables a la libertad y a la maternidad.

jueves, 20 de mayo de 2010

cuento de los días de lluvia

Las tardes de lluvia no viajan solas. Se hacen acompañar de esa señora gorda y metiche llamada melancolía.

Para deleitar a menudas visitantes, rebusco canciones tristonas que canto a todo pulmón. Para ellas, desempolvo lo más corta-venas de Calamaro, Bunbury, Vicentico...alguna de Manolo Tena. En fin, sobredosis de guitarra.

Parece gustarles el banquete que con esmero he preparado. La melancolía se pasea oronda, a sabiendas de que menuda selección es, sin duda, en su honor...se contonea orgullosa cual cubana que baila al compás de un guaguancó en alguna fiesta fuera de la isla; la tarde se rie a carcajadas a través de miles de gotas. Llueve a cántaros.

Entonces el aguacero apaga mi voz. La descarga de sentimientos y recuerdos reavivados me dejan el espíritu agotado. Es tiempo de despedirnos. "Suficiente por hoy", diría un amigo.

Las acompaño a la puerta. La tarde me mira apenada por el desorden provocado a su paso. "Perdona por el mojadero en la casa y en el alma" dice. Al besarnos, susurra en mi oído, "Sube ese ánimo! mira que, tras mi paso, suele aparecerse el sol". Sonreímos en complicidad.

La melancolía camina de prisa, altanera y ofendida al haber notado mi desesperación por que se marcharan. No se ha despedido. Descanso recostada en la puerta, aliviada de su aparente partida. Fuerte suspiro.

A lo lejos, justo antes de perderles de vista, la más regordeta se voltea y me da un guiño que entiendo a la primera: la siempre cumplida promesa de su regreso.

Le devuelvo el gesto. A pesar de la resaca que dejan a su paso, debo admitir que las extraño de vez en cuando.