lunes, 31 de enero de 2011

tengo cólera

A mis vecinos de Haití le han caído "todos los palitos encima". El 2010 los recibió con un terremoto que cobró vidas, destruyó bienes materiales y dejó heridas físicas y emocionales que jamás seremos capaces de contabilizar.

Bajo este escenario, que parecía no poder empeorar, se presenta un terrible brote de cólera, secuela irrefutable del desastre natural que dejó miles de damnificados viviendo a la intemperie, defecando y comiendo en el mismo lugar. Con semejantes condiciones sanitarias, no debe resultar sorprendente la expansión extraordinaria de lo que es ahora una epidemia con más de 4,000 víctimas mortales.

A pesar de lo evidente, ciudadanos haitianos han acusado a la ONU de haber provocado el brote. La organización internacional, ofendida por las acusaciones, abrió una investigación para dar con las causas de la enfermedad y descargarse de culpa.

Mientras, los dominicanos hemos estado ocupados en evitar que nuestra sensibilidad como vecinos de los enfermos incida en los resultados de la industria turística. Para contrarrestar los efectos que pudiera tener la alerta de los casos de cólera en el país, hemos tomado flojas medidas en salubridad y otras, algo más serias, en el arte de manipular la información. Con casos aislados y rápidamente tratados, el cólera no suponía ningún "dolor de cabeza" para este lado de la isla.

Como en Crónica de una muerte anunciada, el controlado panorama cambió el sábado 22 de enero cuando la enfermedad decidió "colarse" en una boda celebrada en La Romana. Ahora, que los enfermos tienen nombre y apellido, ahora que no son una cifra, sino "caras de las portadas de Ritmo Social", ha surgido el cuestionamiento de la transparencia con que República Dominicana ha manejado la amenaza.

Voy un poco más lejos y cuestiono, además, nuestra responsabilidad, nuestra solidaridad, nuestra sensibilidad ante el dolor del país vecino. Cierto que a principios de 2010 nos volcamos en ayuda hacia Haití, sin embargo, nos aburrió la escena y abandonamos antes de que el paciente estuviera para darle el alta.

Encontramos mayores beneficios en separar nuestra imagen de la suya, en desligarnos del penoso paisaje que aleja a los visitantes. La foto de la mano tendida no vende. Volvamos al comercial con las playas y merengue de fondo, que aquí no pasa nada. La tragedia no es en esta casa; es en la de al lado.

Algunas teorías existenciales sostienen que aquellos que no aprenden nada de los hechos desgraciados de su vida, obligan a la conciencia cósmica a reproducir hechos similares con el fin de que los individuos logren incorporar en su haber, aquello que debían haber aprendido la primera vez.

Esta epidemia es un llamado de quienes aún necesitan atención. Enfermos que no pueden pagar una habitación en Hospitén pero que, también necesitan rehidratarse porque, al igual que la señora que llegó en el Mercedes Benz a la boda, tienen diarrea. Malagradecidos, pero enfermos. Ignorantes, pero seres humanos como tú y como yo.

La señal de que no hemos captado la moraleja es cada vez más clara. Sin embargo y mientras se suman cientos a miles en las listas de los muertos, invertimos las energías que nos quedan en señalar culpables y ocultar verdades. La repetida escena en que el interés individual pisotea la búsqueda del bienestar colectivo.

Pienso en el egocentrismo manifestado por cada uno de los personajes en esta historia y me da cólera reconocerme parte de la trama. Me provoca náuseas el tener que seguir tomando el examen de hermandad que nos empeñamos en reprobar.

miércoles, 26 de enero de 2011

cuando cruzo el peaje

Dice un amigo que le cambia el humor con sólo cruzar el peaje. Yo le creo.

Y es que tienen los pueblos, en especial los del Cibao, esa capacidad maravillosa de hacerme sentir en casa. Da igual si regreso o si es mi primera visita. Entre al hogar que entre, soy bienvenida y hasta llego a dudar de que la doña no sea de verdad mi tía.

De repente, la casa refleja un ambiente festivo del que resulto ser la causa. Se arma el corre, corre! Sacan la vajilla de la vitrina. Se mueve la cortina que sirve de puerta a la habitación y un señor pide le confirmen el teléfono del compadre para invitarlo. "5467" responde la doña y me invade la rabia de pertenecer al montón de la urbe dónde no sólo es necesario memorizar teléfonos completos, sino que, para colmo, vamos por 3 prefijos. Envidio con todas mis fuerzas a quienes no han pasado a ser un número de cédula, a quiénes son todavía "hijo de don Pedro", "ahijao de Juancho". 

Dan las 12 y la mesa se viste con el más vistoso de los manteles aún cuando la cantidad de platos apenas permiten ver el tapiz. "Coma mi'jija!, Aquí les traje una ensaladita de la hoi'taliza que "habemo" en el patio y un juguito con los limones de la mata grande dei jaidín.  Matamo' una gallinita criolla y de acompaña' loj' guineo' que salien "mejoicito" de la cosecha, poique...a'Dio! con e'ta seca...bueh!" 

Escucho las quejas de corazones que se abren ante mis oídos para reafirmar que ya formo parte de la familia. Al final, y a modo de vergüenza por tanto lamento, un "Dio' noj' ampare y noj' proteja" me incluye en el manojo de bendiciones que, de seguro, llegarán porque almas como las cibaeñas deben ser de las preferidas en el cielo.

Resultan pocas las horas transcurridas. Cómo vuela el tiempo cuando la estoy pasando bien! A pesar de la brevedad de mi estadía, recibo abrazos cargados de un cariño tan genuino que olvido el ayer, ahora remoto, en que estas caras me eran desconocidas. "Vaya con Dio' mi'jija"

De regreso a casa, cruzo el peaje y vuelvo a mi identidad numérica. Cuento los días que faltan para volver a sentirme motivo de tanta alegría...cuento los días para llevar el cuerpo de vuelta.

Para el corazón no será necesario empacar, hace tiempo que vive en la "empalizá"! creo que, desde la primera visita, no ha vuelto a bajar de la loma.