martes, 8 de junio de 2010

consistencia

Dice mi amiga Violeta que puedo poner este asunto de la consistencia al lado de nuestro desgastado tema del sentido común. Ésto para indicar que, a pesar de ser dos armas infalibles para enfrentarnos a la vida, cada vez están más ausentes en el criterio con que nos manejamos. 

Pedimos a Dios (al fluir mayor, al Don de la barba...en fin, como quieras llamarle al Padre) que nos de la oportunidad de crecer; de mejorar; de alcanzar metas personales, laborales; hasta pedimos ser felices...y  mientras anhelamos ver ese destello de felicidad, vamos apagando con nuestros pasos cuántas luces se encienden en el camino. 

Nos victimizamos diciendo que otros alcanzan lo que quieren sin "coger tanta lucha"; nos excusamos alegando que no tenemos suerte, que algunos nacemos para pasar trabajo y, así, vamos poniendo límites a nuestros sueños, generando cadenas que nos amarran las alas. 

Es cierto que, a veces, el viento no sopla a favor y hay que bajar las velas; sin embargo, hay momentos en que lo que nos falta es ser consistentes: que lo que predicamos se parezca a nuestros actos.

Cuando conocemos nuestra meta, cuando el deseo es real, debe ser capaz de generar en nuestro interior la fuerza para permanecer comprometidos con lo que queremos alcanzar y para dar pasos firmes en esa dirección. Incluso, nos debe hacer capaces de disfrutar la espera, al reconocerla cómo parte del camino y no cómo el final del mismo. 

Dice Páez "es dura la caída, pero qué alegría cuando hacemos el gol". El jugador de fútbol sabe que el gol no es cosa de suerte, implica poner el alma y la mente en esa patada. La alegría no se genera sólo por ver la bola dentro del arco, es también el haber parido ese gol, el hecho de que sea real gracias a su esfuerzo...ser su causa.  

Ahora bien, ¿Qué pasa si el final de la senda no ofrece el paisaje que habíamos imaginado? Nos queda entonces la satisfacción de haber disfrutado el paseo, dando lo mejor de nosotros, apostando a ser inmensos, sin conformarnos, conscientes de que el ingrediente que faltó en la receta no fue nuestra consistencia. Ésto, amigos míos, genera un estado de paz que si bien no es felicidad, es igualmente capaz de ponernos una sonrisa en el rostro.

No he inventado nada de ésto. Siempre lo ha sabido el corazón. Es una pena que, a pesar de estar conscientes, permitamos que mi querida Violet siga teniendo la razón. 

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